EL PADRE DESCABEZADo
En la ciudades que se fundaron mucho tiempo hace, en sus calles añejas que de una u otra manera fueran a dar con alguna de sus iglesias o con el cementerio, es muy común que se hayan conocido espantos de diversas categorias, ánimas y resucitados. En Pasto, en las cercanías de la Iglesia de San Felipe o en los alrederoes de San Agustín o en Ipiales o en Sapuyes; en estas zonas con fama de mal aire y desolación, donde para quienes tengan que pasar por ahí a altas horas de la noche signficia que tengan que pensarlo dos veces y no solamente pensarlo dos veces, sino persignarse, encomendar su alma al Santo de su devoción y apurar el paso; e1222301344_Padre_sin_cabeza.jpgn estos sitios existe un ente o como quiera llamarse, trascendente dentro de las consejas legendarias: El llamado Padre Descabezado.

El Padre Descabezado se aparece muy de vez en cuando, muy de viernes en viernes, Es un cura alto, robusto, mejor dicho que la sotana la lleva bien rellena, su larga y negra sotana es su distintivo. Y sería un cura común y corriente si llevara cabeza, pues a este faile, nadie sabe por qué, le falta la cabeza. Le han visto todo el cuerpo y en lugar de cuello un hueco, un impresionante hueco. Se cree que es un ánima en pena; que anda pagando una larga cuenta de misas que en su vida le contrataron y él no cumplió; que, cansado de transitar por los pasillos del que fuera su convento, sale hasta las iglesias en donde celebran misa. En este trayecto es cuando se deja ver, portando una vela que nunca se apaga a pesar del viento nocturno. Y pobrecito del que a esas horas también transite por esos lados: Patirribiado y sin habla se queda cuando lo ve. Esto de la mudez le dura por días y hasta semanas enteras. El Padre Descabezado ha ido dejando de hacer su aparición en estos últimos tiempos. Según se comenta, la pena que debía pagar está llegando a su término; por eso es que casi ya no se ha escuchado de personas que lo hayan visto, pero antes no era cosa rara.


LA COCHA
El cacique Pucara (Fortaleza) enamorado como estaba de la princesa Tamia (Lluvia de Estrellas), logró por fin conquistarla y formar con ella un lindo hogar donde nacieron tres preciosos párvulos: Chasca (Lucero), Coyllur (Estrella) y Waira (Viento). Los cinco vivían muy felices en ese valle de los Andes que albergaba a siete descollantes ciudades, según testimonio tradicional de los viejos pobladores del sector. El pintoresco lugar contaba con toda una infinidad de productos del agro y animales para la caza y la pesca; era un paraíso sin par, dotado de ríos y pequeños manantiales que irrigaban de manera placentera las parcelas. En él reinaba la armonía y convivencia entre sus pobladores.
El cacique Pucara, hombre de recia formación, corpulento, de facciones varoniles atractivas, trabajaba incesantemente para mantener con buenos propósitos el porvenir de los suyos y el bienestar en general de su comunidad. La princesa Tamia, joven mujer de cabello negro, liso, con cara de dulzura, de mirada arisca y picaresca, presentaba un lindo cuerpo que ni remotamente figuraba señal alguna de ser madre de tres preciosas cria1-laguna-cocha_copia.JPGturas; era la armonía sensitiva de la belleza y juventud de la región con cierta expresividad que a todos encantaba cuando de paso recorría el valle. El cacique Pucara y la princesa Tamia solían pasear por entre las siete florecientes ciudades de aquel valle y sin lugar a duda despertaban más de una envidia en medio de aquel mundo de convivencia y suprema abundancia. Él, dotado como era de poder y riqueza miraba con altivez y orgullo el despertar de los demás hombres ante su bella esposa, la sabía y la sentía hermosa. Ella, conociendo la debilidad que despertaba entre los hombres, segura de su esposo, coqueteaba con su pelo liso entre sus manos, jugando con la mirada cuando se sentía admirada con donaire.
No podía faltar en tanta singular armonía la presencia de maldad y envidia, y así fue que durante una de las fiestas del Inti Raymi (Baile del Sol), cuando ya los niños de Tamia podían desenvolverse por sí solos, Pucara invitó y llevó a su esposa a una de las siete ciudades donde celebraban las fastuosas fiestas en honor del dios Sol (Inti), allí se divirtieron con toda la pompa que deparaba la ocasión. Pucara conoció nuevos amigos al igual que lo hizo Tamia. Munani (el amante), bailarín, danzante principal de la comparsa del festejo popular, impresionó grandemente al público en general pero de manera particular dejó caer su gracia y su encanto en la princesa Tamia. Pidió permiso el danzarín Munani, al gran Pucara, para bailar con la princesa Tamia y concedido éste no tuvo reparo alguno, se dio sus mañas y dio con el oído de Tamia para decirle cuanta impresión le había causado mirar sus ojos oscuros, su fino cabello lacio y el negro de sus pestañas. Tamia sonrió, agradeció el cumplido, miró buscando entre la gente a Pucara, al no encontrarlo, susurró algo al oído del danzante Munani. Este se alegró y agradeció a la vez a la princesa Tamia, sonriendo también de manera sutil, apretó con disimulo su mano y terminado el baile llegó hasta donde el gran Pucara, entregó en sus manos a Tamia, la miró sonriente y retirose agradecido.
Para la princesa Tamia los días a partir de aquella fiesta no fueron los mismos, pensaba en el danzante Munani, en sus palabras, en su baile, en su gracia, en todo él. Sintió que sin saber porqué su vida volvía a renacer, mirando a sus hijos los vio ya crecidos, autónomos, independientes, trabajaban por sí solos. Un día, cuando Pucara no se encontraba en casa, llegó Munani a buscar a Tamia, ésta salió y regocijada atendió al danzante, quien definitivamente había impactado en su corazón. No tuvo reparo en contar sus cuitas, siendo absolutamente correspondida por Munani, quien de igual manera se confesó ante Tamia. Besos y abrazos se dieron los nuevos amantes. Concertando citas a partir del momento, acordaron un día romper con su silencio y declararse públicamente ante el conglomerado. Conocido el suceso, Pucara se entristeció, acabó con su liderazgo y no queriendo estorbar en el camino de los nuevos amantes se fue a la montaña con sus tres hijos y comenzó a criar y cuidar tábanos. Tamia y Munani comenzaron a deambular sin restricción alguna por entre las siete ciudades, se entregaron al amor y jolgorio sin ninguna reputación, situación que escandalizó a la comunidad entera, obligando a las gentes a prohibir expresamente prestar cualquier clase de servicio a los nuevos amantes. Un día, golpeando de puerta en puerta pedían se les regalase un pilche (totuma o mate) con agua, nadie respondía a su llamado hasta cuando se encontraron con un niño, a quien engañaron con la entrega de un pedazo de pan, logrando el pilche con agua. Los dos enamorados, amancebados según el decir de las gentes del sector, se acostaron para hacer el amor en un potrero cercano y dejando el pilche con agua a sus pies, en el clímax de su emoción, el hombre lo y regó el agua.
Quedándose dormido boca arriba no se percató que el agua derramada del pilche comenzaba a crecer y crecer de manera exorbitante hasta que prácticamente lo estaba ahogando; en ese momento, llegó un tábano, de los que Pucara criaba y cuidaba con sus tres hijos, le picó en la nalga y lo hizo vomitar abundante agua por la boca y nariz. De tal magnitud fue su caudal que rápidamente inundó la totalidad del valle quedando bajo el agua las siete ciudades. Un sonido de campana fue lo último que se escuchó sobre ese sector que hoy conocemos como el Lago Guamuez o Laguna de La Cocha. Pucara, que absorto y entristecido observaba desde la montaña con sus hijos el encantamiento del lugar, lloró tristemente su desgracia, se acogió cariñosamente a sus tres párvulos y se quedó petrificado para siempre en la montaña que lleva el nombre del insecto que pico la nalga de su rival, !El Tábano! Pucara, sus tres hijos y la mascota se observan con claridad en la magnitud de la montaña del Tábano, y cuenta la tradición popular que cuando Pucara recuerda la traición de Tamia con Munami, llora tristemente en medio de rayos y centellas y sus lágrimas aumentan el caudal de la laguna, causando grandes estragos a los pobladores de las orillas de La Cocha. Dice también la tradición popular que en la tarde del viernes santo, luego de la muerte de Cristo, se escucha el dong, dong de una campana, y hay quienes han visto navegando alrededor de La Corota un bulto de totora a manera de balsa que lleva en su interior un mate o pilche, un peine y una gallina clueca con sus polluelos, los cuales de ser recogidos, desencantarían La Cocha y volverían a surgir las siete ciudades florecientes que se encuentran en el fondo de la laguna encantada en espera de su próximo salvador.


LA TURUMAMA
La TURUMAMA antes de empezar a regar su llanto por los caminos, había sido una mujer como cualquiera, sólo que algún maleficio hubo de perseguirla desde su niñez cuando corría y cantaba por los montes y no hacía mas que arrancar las flores de los calabazos y de las higueras. Cuando creció no se despegó de aquellas costumbres, hacía caso omiso de las súplicas de su madre cuando le pedía insistentemente que no se alejara de su choza, que le ayudara a desgranar las mazorcas de maíz, a hilar la lana o a cocinar. Y sucerdió que uno de esos días en que ella se dedicaba a vagar, habiéndose sentado en un peñasco, se le presentó el Arco Iris y encontrádola sola, la preño. Quedó embarazada de aquel endriago sobrenatural. A los pocos días comenzó a sentir fuertes dolores, a veces le parecía que se le desgarraban las entrañas y que se moria de un rato para otro.

Trancurrió el tiempo y la joven muchacha tuvo que prepararse para dar a luz. Se fue al río solitaria como hacía desde tiempos inmemoriales las mujeres indias, ellas no necesitaban el agua para lavar la criatura que parían. Cuando estlpe_turumama_4.jpguvo allí, con su cuerpo completamente empapado de sudor y encogido como si llevara un gran peso a horcajadas, como si fuera a reventarse y a dejar salir de ella un espanto, se recosto constreñida, pujaba, se encogía y más pujaba soltando gritos desabridos. La mujer con los dolores tan intensos que sentía, apenas sí alcanzó a sacar al niño de su vientre, apenas pudo hacer esto antes de desmayarse, la criatura se aflojó de susu manos y cayó en la corriente del río que se lo llevó en su caudal. Cuando la parturienta se recobró lo primero que hizo fue clanmar desesperada por su criatura. Desde entonces comenzó a buscar a su hijo por todos los riachuelos, ríos y montes que había andado y por todos los lugares se empezó a escuchar su llanto y sus quejidos profundos. Pero además de la pena a que había estado destinada la "Turumama" sufrió una horrible transformación; conforme buscaba a su hijo, su cuerpo enflaquecía, sus manos se tornaban largas y huesudas, sus cabellos eran una completa maraña y lo que es más, susu senos se alargaron extremadamente, tanto que para poder caminar tiene que tirar de ellos hacia los hombros, pero éstos siempre se le vuelven a caer. Su cara siempre aparece enlodada y revuelta con ceniza. Muchos de los que la han visto, han oído con voz lastimera dice: "Ay...Ayyyy...dónde lo hallaré...dónde lo encontraré...". La turumama esta destinada a vagar por los caminos en busqueda del recién nacido que perdió. Frecuentemente visita los ranchos, cuando ésto ocurre las gentes esconden a sus hijs porque ella puede robarles alguno pensando que es el suyo. Siempre llega llorando y gimiendo sordadamente; cuando en sus visitas encuentra un fogón, se lleva a la boca los carbones encendidos que son su alimento, así descansa para continuar en la busqueda eterna, en la interminable llanada del hijo que se llevó el río.